La vuelta
El tatarabuelo de Ramiro había sido el primer dueño de la estancia. Su rostro retratado al óleo ostentaba un lugar de privilegio entre los cuadros de la biblioteca. Frente a él, recostado en el sillón, su descendiente lo observaba con atención. El muchacho no era particularmente afecto al pasado familiar; le bastaba con poder jactarse de la convergencia de antiguos criollos y alemanes aguerridos en su abolengo y referirse con cierta vaguedad a las múltiples guerras en que se habían sacrificado sus dos estirpes. La curiosidad con que el joven miraba a su antepasado no obedecía a la nostalgia, sino a la repentina revelación de un parecido entre ambos. Habituado a recibir elogios por su porte germano, nunca se había detenido a buscar en su fisonomía rastros de la línea materna. Sin embargo, una vez advertida la similitud era evidente: las facciones angulosas y la mirada penetrante, más acentuadas en don Francisco, se prefiguraban con claridad en el semblante del tataranieto. La barb...