Tan tierno, tan sufriente
Límpiate
la boca con la mano, y ríete,
Los
mundos dan vueltas como mujeres antiguas
Que
juntan algo que quemar en los baldíos
Estos versos de Eliot bien podrían ser del Indio.
Recuerdan sobre todo a “Barbazul versus el
amor letal”. Hay, primero, un uso enigmático de la segunda persona. ¿De quién
es la voz que le ordena alguien que se limpie la boca y se ría? ¿A quién se lo dice?
Del mismo modo, ¿quién le profetiza a quién: “esta vez (¡por fin!) la prisión te va
a gustar”? Hay en ambos también cierta malicia, propia del que asiste a un
espectáculo sórdido y encuentra en ello un disfrute. En esa misma línea, la sensualidad
degradada es otro elemento común. Nótese la coincidencia en el adjetivo:
"mujeres antiguas”, “antiguas lobas pulpas”; y, a decir verdad, revivir el
amor letal se parece bastante a buscar algo que quemar en los baldíos.
El fragmento de
Eliot pertenece a su conjunto de cuatro poemas titulado Preludios,
escrito entre 1910 y 1911. “Barbazul versus el amor letal” es la primera
canción de Gulp, el álbum debut de Patricio Rey y sus Redonditos de
Ricota, publicado en 1985.
Escritos poco
antes de la Primera Guerra Mundial, los Preludios de Eliot parecen
anticipar, ya desde el título, lo que estaba por venir: la descomposición y el
enajenamiento predominan en una descripción urbana que termina con la
invitación a una risa socarrona. Casi un siglo después, en un país que
transitaba sus primeros años tras el retorno de la democracia, la canción que
da inicio a la discografía del Indio Solari también presenta una atmósfera
asfixiante, pero en un tono más violento y misterioso.
En “Barbazul
versus el amor letal” ya no existe el espacio público y abierto –por más
alienante que sea—de la ciudad, sino que hay una prisión. Ya no se describe ni se
cuenta la vida –por más alienante que sea—en un lugar, sino que se anuncia lo
que parece ser una orgía. El cataclismo que los Preludios anticipaban ya
ocurrió; es fútil el intento de explicar o narrar algo; solo resta proclamar el
festín lúgubre.
Decir que una
obra de arte es representativa de su época suena a elogio, pero no
necesariamente lo es. Muchas veces, ello significa que la obra en cuestión
suscribe a una estética característica de su momento histórico, se refiere a
temas coyunturales o formula un juicio explícito sobre su tiempo. Nada de esto
constituye en sí mismo una virtud: hay tantos ejemplos meritorios como desafortunados
de expresiones artísticas que presentan alguno de estos rasgos.
Sin embargo, hay
otro sentido en que ser representativo de una época sí constituye un acierto
estético y político, y Eliot y Solari son ejemplos de ello: se trata de captar
las contradicciones más profundas de un tiempo histórico y crear un lenguaje
que las exprese. En otras palabras, ser representativo de una época tiene un
valor artístico cuando se mete el dedo en la llaga de los aspectos más ominosos
de ese tiempo y, a la vez, se exalta su vitalidad; cuando se desmontan con
implacabilidad las imposturas contemporáneas pero también se expresan el deseo
y el sufrimiento de los semejantes. Podría resumirse en otros versos de los Preludios,
esos poemas que, aunque severamente críticos de la incipiente decadencia de un
mundo, también se permiten decir esto:
Me conmueven las fantasías que se enroscan
alrededor de estas imágenes y se aferran a ellas:
la idea de algo infinitamente tierno
e infinitamente sufriente.
Así como parte de
la poesía de Eliot es un canto al colapso de Occidente en las primeras décadas del siglo XX, en la obra de Solari puede leerse una representación tan potente como mordaz
de otro colapso: la derrota hasta ahora definitiva de la clase trabajadora que
tuvo lugar en los setenta. La democracia iniciada en 1983, heredera del mismo proyecto
económico, es esa fiesta lúgubre anunciada en “Barbazul versus el amor letal”.
Si hay que
recortar un período cuyo clima está especialmente representado por la lírica de
Solari, vale elegir los noventa. Cabe pensar que los oxímoros y las antítesis
de muchas canciones – “Lobo suelto, cordero atado”, “Noticias de ayer”—dan
cuenta de un mundo dado vuelta, de un orden político que es lo opuesto a lo que
dice ser.
Podría decirse
que no hay nada singular en el señalamiento de las muchas contradicciones de
la política argentina, en particular durante el período menemista. Sin embargo,
sí hay algo excepcional en Solari, y es el lenguaje que construye para leer su
tiempo.
Tómese, por
ejemplo, “Me matan, Limón!”, la octava canción de Luzbelito, de 1996.
Está inspirada en el asesinato de Pablo Escobar, y recrea la conversación entre
el narcotraficante y Limón, uno de sus choferes. La canción tiene algo de cómic
y de dibujo animado: al ritmo de una música alegre, mientras salta por los
techos esquivando balazos, Pablo Escobar, como si fuera un Kenny de South
Park al que se le entiende lo que dice, se lamenta de que lo maten otra
vez.
No hay aquí
ninguno de los desaciertos en que podría incurrir una canción así: no hay
endiosamiento romántico del delincuente ni enjuiciamiento moralista, tampoco
una explicación sobre las causas políticas y económicas del narcotráfico. El personaje inspira
simpatía, pero la canción conserva una distancia irónica respecto de él.
Mijail Bajtín
plantea que hay dos instancias necesarias para la creación de un personaje: la
vivencia y la extrapolación. Para componer a un ser ficticio, el autor precisa,
por un lado, dar espacio a la experiencia vital de esa criatura, recrear su
visión interna de las cosas. Por otro lado, también es necesario que el
escritor tome distancia del personaje, que lo mire y lo retrate desde afuera.
Cuando esta
tensión no está bien manejada, pueden suceder dos cosas. Si la representación
de la vivencia es demasiado intensa, el autor quedará “pegado” a su creación,
completamente identificado con ella, y el resultado será un texto empalagoso,
que invariablemente le dará la razón al personaje, le festejará todas las
hazañas y siempre se mostrará compasivo con él. En cambio, si se acentúa demasiado la extrapolación, se estará frente a una obra fría y didáctica, en que no importan
los deseos ni el dolor del personaje, sino que este será una excusa para que el
autor nos instruya sobre algo.
Los mismos
elementos propuestos por Bajtín pueden pensarse como requisitos para la
representación artística de una época. Por una parte, es necesario que la obra
dé lugar a la experiencia vital de ese contexto histórico, a las preguntas y
los deseos que en ese momento resultan acuciantes. Por otra parte, hace falta
mirar a la época con crítica, análisis, confrontación y duda.
A su vez, los mismos
riesgos que hay en la caracterización de un personaje pueden advertirse en la
recreación de un período. Si falta distancia y hay pura experiencia, el
resultado es una obra adherida a los rasgos de su época, a los que reproduce de
manera acrítica y liviana, sin capacidad de entenderlos ni confrontarlos:
tómese, por caso, mucha de la poesía confesional y coloquial de nuestros días,
a tono con el subjetivismo reaccionario y la pereza intelectual del
neoliberalismo. Si, por el contrario, sobreabunda la interpretación y falta la
vivencia, la obra termina siendo un panfleto en que el autor nos dice qué
pensar sobre su tiempo, como si lo mirara de afuera y no lo viviese: piénsese
en los sobrados casos de arte dizque comprometido que resulta solemne,
paternalista y baja línea.
Solari evita
ambos desaciertos. Por un lado, muestra su época desde adentro. Lo logra
inventando un lenguaje que encarna su tiempo antes que explicarlo: un lenguaje
cínico, sórdido e impostado como su momento histórico.
Varias de las canciones
del Indio están claramente enunciadas por un personaje: desde el traficante que
corre por los techos en “Me matan, Limón!” hasta la voz patronal que insta a un
policía a matar en “Sheriff”, pasando por un Luzbel que reclama la vida de su
interlocutor en “Rock yugular”. En todos los casos, tanto en la letra como en
la forma de cantarla, se compone una voz claramente distinta al yo lírico del
resto de los temas del álbum, y no se lo hace desde convenciones realistas, sino
acentuando la condición de personaje de esa voz: se subraya que es un acto de
simulación.
Muchas otras
canciones tienen una voz en primera persona oscura, por indescifrable y por amarga,
como quien se dispone a tirar en “Vencedores vencidos”; o cuentan en tercera
persona la historia de un personaje igualmente turbio, como en “Etiqueta negra”.
Es también significativo que en algunos
temas se cuente una traición desde el punto de vista de quien la comete. Por
ejemplo, en “Salando las heridas”, el yo lírico parece dar refugio a alguien –“Y
vos allí en mi remolque sin luz / como un polizón”—y después participar de su
asesinato –“Apuntamos a tu nariz, / hundimos tus pómulos / y vos resplandecías”—,
o “Jijiji” –socarrona desde el título— se dirige en segunda persona a alguien que
tiraniza a aquellos que lo quisieron.
Simulación,
traición, sordidez: todo muy de los noventa. Lo interesante es que, en las
canciones, nada de esto se juzgue con moralina: se dice o se sospecha que todos
esos personajes tienen razones para ser como son y, aún más importante, hay
belleza en la oscuridad de esos mundos: el muerto que ve crecer flores desde
abajo (otra imagen cercana a Eliot), el rostro que resplandece cuando recibe un
tiro, el diablo que invita a bailar.
Ahora bien, por
otro lado, el hecho de que no haya una bajada de línea moral tampoco significa que
en las canciones haya un regodeo en mostrar las miserias de su tiempo. Por el
contrario, vale para la lírica de Solari esta observación de Elsa Drucaroff: “A
veces, exacerbar y llevar hasta el final, en una obra de arte, la lógica que
impera en la sociedad produce un efecto mucho más potente y peligroso que ser
políticamente correcto, porque lleva las cosas a un punto de delirio o
fundamentalismo que abre la posibilidad de pensar lo que el statu quo no quiere
pensar” (Los prisioneros de la torre, 2011, p. 119). Eso ocurre en las
canciones de Solari: la sordidez ora cómica, ora embellecida produce un
extrañamiento, es decir, desnaturaliza el cinismo que la realidad social ha
vuelto parte del sentido común.
Hay otros tonos
en la obra de Solari. A veces, la confrontación con el cinismo es abierta. Así
ocurre, por ejemplo, en “Blues de la libertad”, “Juguetes perdidos” y “El
tesoro de los inocentes”. Pero, aun en estos casos, la firmeza y la emoción no dan
lugar a la solemnidad ni a la grandilocuencia.
Por ejemplo, en “Juguetes
perdidos”, el yo lírico se dirige a un interlocutor que podríamos imaginar de
una generación más joven, y lo exhorta a perseverar en ciertos ideales, pero no
lo hace develándole grandes verdades, ni asegurándole que la perseverancia en
esos ideales vaya a conducir a un final dichoso. En cambio, le dice: “Yo
sé que no puedo darte / Algo más que un par de promesas, no / Tics de la
revolución, implacable rocanrol / Y un par de sienes ardientes que son todo el
tesoro”. Hay aquí una consciencia de la fragilidad de las cosas y de la
incertidumbre respecto de su devenir que alejan al autor de los lugares comunes
del arte comprometido.
Entrar en su tiempo,
reconocer su belleza, contarlo sin moralismo, prescindir de las certezas
absolutas: ninguno de estos gestos implica tibieza. Por el contrario, Solari
elige el camino más difícil: reconocer la derrota y el consecuente
resquebrajamiento de muchas certidumbres –la confianza inquebrantable en una
victoria final, cierta visión compacta de la idea de pueblo—y, aun así, sabiendo
que se tiene las de perder y que se desconoce el camino para conseguir algo
mejor, plantarse en contra del estado de cosas.
Hay también otras
facetas en la lírica del Indio, como la exaltación del cuerpo, el erotismo y la
vitalidad. Así ocurre en muchas composiciones en que el yo lírico se dirige a
una segunda persona, pero no, como en otras canciones mencionadas, para
establecer una interlocución impenetrable y sombría, sino para animar a ese
otro al arrojo y al movimiento: “Un ángel para tu soledad”, “Caña seca y un
membrillo”, “Ya nadie va a escuchar tu remera”. Es un acierto artístico que no
haya aquí un intento demagógico por parte de la voz que enuncia de fundirse con
aquel al que se dirige. La distancia entre ambos es clara; antes que buscar un
acercamiento, el yo lírico parece gozar asistiendo al despliegue de la vivacidad de
su interlocutor: “Vamos, negrita, baila hasta el fin”; “Preso de tu ilusión, / vas a bailar".
Si bien no
deposita ninguna ilusión en certezas monolíticas, la lírica del Indio sí parece
encontrar una esperanza en la apelación a un otro, especialmente, en la
posibilidad de hacer que ese otro se mueva y baile. Y eso no ocurre solo en las
letras de las canciones, sino en la relación con el público. En este sentido, también
es un artista representativo de su época: supo cantarle a su tiempo y conmover
a muchos.
En un mundo donde
ya nadie esperaba que se cumpliera ninguna de las promesas de esa modernidad
cuya incipiente debacle fue advertida por Eliot, Solari concretó un prodigio
plebeyo: hacer un arte potente y sin concesiones que fuera popular. Ahora, en
un mundo que, aunque resulte inconcebible, está más roto que antes, eso parece
cada vez más improbable. Por eso, se siente que con el Indio muere también una
época, y ese es otro motivo para llorarlo.
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