El intento de ser otro. Sobre Good Time
Sobre todo, no te mientas a ti mismo. El hombre que se miente a sí mismo y escucha su propia mentira llega a un punto en el que no puede distinguir la verdad dentro de él, ni a su alrededor, y por lo tanto pierde todo respeto por sí mismo y por los demás. Y al no tener respeto, deja de amar.
Fiodor Dostoievski, Los hermanos Karamázov
–¿Qué onda este tipo?
Connie, un joven neoyorquino, roba un banco. Lleva con él a su hermano Nick, que tiene una discapacidad mental. Después del robo, Nick es arrestado y llevado la cárcel, se pelea con otros convictos y termina en el hospital. Apremiado por el tiempo y perseguido por la policía, Connie trata de liberar a su hermano, pero le suceden peripecias cada vez más intrincadas, y sus intentos por resolverlas solo empeoran la situación.
Más o menos de eso trata Good Time, estrenada en 2017, dirigida por los hermanos Josh y Benny Safdie, guionada por Josh Safdie y Ronald Bronstein, y protagonizada por Robert Pattinson y Benny Safdie. Al igual que en Uncut gems, también dirigida por los hermanos Safdie, el ritmo de la película es vertiginoso, y la situación desesperante de los personajes está eficazmente representada. Sin embargo, en medio de la vorágine que envuelve a Connie y también al espectador, vale tomar distancia y hacerse una pregunta: “¿Qué onda este tipo?”.
Se trata, en efecto, de un personaje desconcertante, pero no como resultado de un desacierto narrativo o una mala actuación. Por el contrario, el carácter elusivo de Connie tiene fundamentos consistentes, que le dan espesor y complejidad al personaje, movilizan sus acciones en el film y delinean una subjetividad muy a tono con esta época.
Poco se conoce del protagonista: no se muestra dónde vive ni con quién, no se dice quiénes son sus padres, tampoco se sabe a qué se dedica ni si el robo al banco fue el primero que cometió. Es más, Connie se la pasa ocultando quién es y fingiendo ser otro: usa una máscara en el asalto; dice ser el hijo de un paciente en el hospital del que intenta sacar a su hermano a escondidas; simula tener un lugar reservado en un colectivo para discapacitados y le da al chofer una dirección falsa; se inventa un domicilio y una madre que no tiene para que una mujer le permita quedarse algunas horas en su casa; se tiñe el pelo para que sea más difícil reconocerlo; se hace pasar por el guardia de seguridad de un parque; se mete en la casa de este y, aún vestido con sus ropas, se las hace oler al perro para que no lo agreda.
A veces, los engaños de Connie son claramente deliberados, pero en otras situaciones es difícil discernir hasta qué punto es consciente de sus mentiras y hasta qué punto cree en ellas. Así sucede cuando, prófugo y sin dinero, le promete a su novia que van a irse de vacaciones; o cuando está a punto de dejar sola en un auto a Crystal, una adolescente a la que sedujo, y le afirma que esa noche está sucediendo algo muy importante, conectado con el “propósito” de él. Esta dificultad para discernir la mentira a los demás del autoengaño es particularmente notoria en la relación de Connie con su hermano. Por ejemplo, cuando interrumpe una sesión de terapia de Nick, lo saca de ahí, le dice que es su amigo y lo ama; o cuando lo lleva a robar arguyendo que así van a tener una vida mejor, cabe pensar que, aunque en realidad le está haciendo un daño al hermano, en gran medida cree en sus propias palabras.
En suma, Connie actúa como si fuera otro y hasta cierto punto se lo cree. Así, se evade de quién es realmente y aligera la responsabilidad de sus acciones. De hecho, perjudica a casi todos los personajes con que interactúa, y, aunque no se muestra cínico ni indiferente, termina dejándolos atrás sin hacerse cargo del daño que les causa: ocasiona una pelea entre su novia y la madre de ella cuando le pide dinero para la fianza; creyendo que se trata de Nick, se lleva equivocadamente a otro herido del hospital; le roba el celular y el auto la mujer que de buena fe lo deja entrar en su casa; golpea al guardia del parque, lo droga y lo hace pasar por un delincuente frente a la policía; abandona a Crystal y permite que la arresten.
Este patrón de comportamiento es sobre todo evidente en el vínculo con el hermano. La preocupación de Connie por Nick siempre es equívoca. De hecho, sus intentos por salvarlo son tan complicados como dudosos: aun si consiguiera el dinero para la fianza que infructuosamente se empeña en encontrar, eso solamente liberaría al hermano de forma provisoria; incluso si lograra sacarlo a escondidas del hospital, no podría curarlo ni mantenerlo oculto de la policía por mucho tiempo. Es que la acción más rotunda y eficaz que puede hacer Connie para proteger a Nick es más simple que todos sus planes descabellados, pero a la vez más difícil, porque va en contra de sus propios intereses: consiste en entregarse y asumir la completa responsabilidad por el asalto. Pero a lo largo de toda la película, Connie no asume esa responsabilidad siquiera verbalmente, ni ante los demás ni ante sí mismo.
Actuar como si uno fuera otro y desentenderse de las consecuencias de las propias acciones como si otro las hubiera cometido. Ese es el patrón de comportamiento del protagonista, y es fácil ver en él un rasgo de época: la negación de la propia historia familiar, del lugar de origen, de la condición de clase, de la gravedad de la situación en que uno se encuentra, y de la responsabilidad que se tiene ante los otros.
Sin embargo, la evasión de Connie se ve confrontada con la realidad. La película podría interpretarse como una sucesión de fricciones entre los engaños que el personaje elucubra y el mundo real contra el que se choca. Este proceso alcanza su culminación cuando su historia aparece en las noticias policiales de la televisión. Allí están su nombre completo (Constantine Nikas), el barrio de donde viene (Flushing), su condición de prófugo y el delito del que se lo acusa, y el testimonio de su abuela, que tiene una orden de restricción contra él, porque, según afirma, los maltrataba a ella y a Nick. Se dan a entender con claridad el origen inmigrante de la familia de Connie (su apellido, el acento de su abuela, el barrio de donde viene), su condición de clase baja y su responsabilidad por la situación de su hermano.
En las dos ocasiones en que ve la noticia, Connie está con otro personaje; es decir, queda expuesto frente a otro. Si la primera vez logra distraer a Crystal y, aparentemente, la muchacha no se da cuenta de nada, la segunda ocasión es diferente. El que está con él es Ray, un exconvicto que recientemente consiguió la libertad condicional y al que Connie sacó del hospital por error. Ray reconoce a Connie en las noticias, pero no lo juzga, sino que le habla con camaradería y le pregunta si ya estuvo en la cárcel. Connie, en cambio, busca diferenciarse de Ray, mostrarse superior a él y humillarlo: “Soy mejor que tú. […] Los perdedores como tú son incapaces de arreglárselas solos. O están viviendo de mamá o de la asistencia social o del gobierno en la cárcel”.
Las palabras de Connie suenan a esta época: son fuertemente reaccionarias y le atribuyen a su enunciador una supuesta superioridad que sus acciones desmienten. Así, Connie le enrostra a Ray que ha estado en prisión, cuando él mismo está prófugo y prácticamente cercado por la policía; también acusa al muchacho de vivir de los demás, pero a él no se le conoce ningún trabajo y todo lo que obtiene es a costa de otros (roba, y lleva a su hermano con él porque no se atreve a hacerlo solo; le pide dinero a su novia para pagar la fianza; roba el teléfono y el auto de la abuela de Crystal; encuentra una botella de ácido por la que espera obtener algún dinero gracias a la ayuda del propio Ray). Las palabras hirientes que el protagonista le espeta al otro joven parecen dirigidas a sí mismo.
En fin, Ray trastorna a Connie porque es un espejo de su propia situación objetiva, que él se empeña en negar, y porque confronta las mentiras con las que busca justificarse: “No te creas tan importante, hermano. […] ¿Sabes qué? Yo soy real. Mierda, estoy tratando de hablar contigo […] Crees que eres mejor que yo.[...] Eres un ignorante de mierda, hermano. Nadie es mejor que el que tiene al lado, ¿de acuerdo?”.
No es casual que después de esto los hechos se precipiten. La intransigencia y el atropello de Connie desencadenan su arresto y propician el final trágico de Ray. En su última escena, el protagonista está en el patrullero, en silencio y visiblemente afectado por primera vez.
Lo que sigue se sabe gracias a una conversación entre Nick y su psicólogo. En ella se da a entender que Connie se asumió como el único culpable del asalto, por lo que su hermano quedó en libertad. Son llamativas las palabras que usa el psicólogo: “Connie hizo lo correcto. Hizo lo verdaderamente responsable. Y lo más importante es que está justo en el lugar que le corresponde”. Al decir que hizo “lo verdaderamente responsable”, se resalta lo genuino de su comportamiento, contrapuesto a la responsabilidad superficial o fingida de sus acciones anteriores. Por otra parte, cuando el psicólogo afirma que Connie “está justo en el lugar que le corresponde”, no parece hacerlo con un tono moralizante o determinista, cual si dijera que la cárcel es lo que el joven “se merece”, o el lugar en el mundo al que está destinado; más bien parece insinuar que, al asumir su responsabilidad, el muchacho también se asume a sí mismo.
Es llamativo que el protagonista desaparezca en el cierre de la película y su final sea relatado por otro. Se trata de una elección narrativa acertada: en el momento en que se hace cargo de sus acciones, el personaje simulador y contradictorio que protagonizó la historia deja de existir, por lo que tiene sentido que ya no se lo vea en la pantalla.
Aunque las palabras del psicólogo son algo esperanzadoras, no sabemos en quién se va a convertirse Connie, si el reconocimiento de la verdad lo hará mejor o si la experiencia carcelaria terminará de romperlo. Esta incertidumbre se trata de un acierto más, pues evita el optimismo ingenuo y la moralina: que el personaje haya hecho lo correcto no conduce a un final redondo; el hacerse cargo de sí mismo no lleva al descubrimiento de ninguna esencia; sino que la incógnita sobre el protagonista sigue en pie.
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