Impresiones sobre la Biblia

III


Contestó Gedeón [al Ángel de Yahveh]: “Perdón, Señor mío. Si Yahveh está con nosotros, ¿por qué nos ocurre todo esto? ¿Dónde están todos esos prodigios que nos cuentan nuestros padres cuando dicen: ¿No nos hizo subir Yahveh de Egipto? Pero ahora Yahveh nos ha abandonado, nos ha entregado en manos de Madián…” (Biblia de Jerusalén, Jueces, 5: 13)
Sigo leyendo la Biblia. Voy por el Libro Primero de Samuel. Desde el Génesis hasta ahora, he asistido a la paulatina separación de Dios y los hombres. La familiaridad inicial con que se tratan Adán y su creador tiene un primer quiebre en la expulsión del paraíso. Con el correr de las generaciones, la interlocución divina va convirtiéndose en un privilegio de los profetas. Aun así, durante el éxodo, para todo el pueblo la presencia de Yahveh es tangible, a través de su comunicación continua con Moisés, sus milagros –la apertura de las aguas, el maná—y, sobre todo, su presencia física, ya sea como columna de fuego o nube en medio de la gente. Pero después del cruce del Jordán, Dios se va desvaneciendo. Se convierte en un juez lejano e implacable. Su voz les llega a unos pocos, y de forma mucho más escueta e infrecuente que en tiempos de Moisés. 
Como se cuenta sobre todo en el libro Jueces, los israelitas nacidos en Canaán, después del éxodo, olvidan con frecuencia a su divinidad y se entregan al culto de otras. Cada vez que esto ocurre, Yahveh los acusa de ingratos y los castiga con saña. Viene entonces el arrepentimiento de los hebreos y el perdón divino, aunque estas reconciliaciones son siempre breves y precarias: el pueblo se entrega a otros dioses nuevamente y el ciclo comienza otra vez. 
Esto me ha hecho pensar en dos cosas. 
Por un lado, la actitud de Yahveh es la de los amantes perversos que subrepticiamente dicen: “Me voy pero no quiero que me olvides”. Entonces, cada vez que el abandonado empieza a entusiasmarse con otra historia, el amante tiránico regresa con el solo fin de reafirmar su poderío: hace que el abandonado se sienta culpable, lo ilusiona por un tiempo y se las toma otra vez. 
Por otra parte, ¿no es lógico que aquellos que no presenciaron al dios vivo, que era voz, lumbre y alimento, se olviden de él? ¿No es injusto exigirles que lo veneren?
Las generaciones a las que les toca vivir épocas aciagas muchas veces cargan con la imposición de honrar tiempos mejores que no presenciaron, creer en milagros que nunca vieron e incluso sentirse culpables por no estar a la altura de ese esplendor que las antecede. Suele haber mucha mezquindad disfrazada ora de épica, ora de martirologio, en esa imposición, que siempre resulta estéril. No solo de glorias pasadas vive un pueblo, como advierte Gedeón en el epígrafe.

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