Impresiones sobre la Biblia
IV
Sigo leyendo la Biblia. Ya terminé la historia de David, y me llama la atención que la representación del rey sea más compleja que la de los otros héroes aparecidos hasta ahora.
Compárense, por caso, la actitud de David ante la muerte de uno de sus hijos con la de Abraham cuando se dispone a sacrificar al suyo.
La exigencia divina al patriarca no podría ser más impetuosa: “Toma a tu hijo, al único, al que amas, a Isaac […] y ofrécele allí en holocausto [...]” (Génesis, 22: 1). El mandato se enuncia de repente, sin nada que lo anticipe ni lo justifique. Sin embargo, Abraham responde con un acatamiento total. “Heme aquí” son las palabras que repite cada que Yahveh se comunica con él. Ejecuta las acciones que su dios le ordena sin expresar ninguna emoción: no da muestras de dolor cuando lleva a Issac al sacrificio, ni de alegría cuando es dispensado de ejecutarlo.
David, por su parte, se sabe culpable por la pérdida de su hijo. Tal como se le anuncia en una profecía, la muerte del infante es un castigo de Yahveh al rey por haberse unido con Betsabé y haber hecho matar al esposo de ella. Aun acatando la decisión divina, el monarca expresa su pena ante ella; incluso busca cambiarla subrepticiamente.
Cuando el niño enferma, David suplica a dios por él, ayuna, se tiende en el suelo y se niega a levantarse. Sin embargo, cuando el pequeño muere, el rey se levanta y come. Ante la sorpresa de los demás por su cambio de actitud, explica: “Mientras el niño vivía ayuné y lloré, pues me decía: ¿Quién sabe si Yahveh tendrá compasión de mí y el niño vivirá? Pero ahora que ha muerto, ¿por qué he de ayunar? ¿Podré hacer que vuelva? Yo iré donde él, pero él no volverá a mí” (Libro Segundo de Samuel, 12: 22-23).
Son notorias las diferencias entre los personajes. Uno recibe una orden inexplicable; el otro se sabe culpable de lo que le ocurre. Uno obedece con sumisión; el otro trata de torcer la voluntad divina –a través de las súplicas y los intentos de conmover a Yahveh con el llanto y el ayuno—. Uno se define por ese único rasgo: la sumisión a dios, y más allá de eso resulta completamente hermético; las palabras y los actos del otro dan muestras de una vida interior en la que coexisten el arrepentimiento, el amor paternal, el dolor y el cálculo.
Vale notar que esas actitudes son coherentes con las de David en otros episodios, como el penoso duelo por sus hijos Amnón y Absalón, o las luchas por el poder en que despliega una inteligencia sutil, más dada al subterfugio que a la confrontación directa. Se perfila así un carácter tan coherente como complejo, que contrasta por ambas cosas con el de otros del Antiguo Testamento.
Y no digo con esto que un personaje sea mejor que otro, sino que emocionan de formas diferentes. Héroes como Abraham conmueven como lo hace una pintura románica, con el poder sintético de sus rasgos hieráticos, sus colores brillantes y sus trazos rígidos. David, en cambio, asombra y perturba como lo hace un retrato renacentista, con sombras, perspectiva y profundidad.
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