Sobre Good Time y Crimen y castigo

 Hablaba hace unos días de Good time, la película de los hermanos Safdie estrenada en 2017, y destacaba, entre otros aciertos, la representación de las contradicciones del protagonista y la forma en que se relata su desenlace. Vale comparar ambas cuestiones con Crimen y castigo. 

Tanto en la película de los Safdie como en la novela de Dostoievski, el conflicto fundamental del héroe consiste en la asunción de su responsabilidad frente a los otros. Así como Raskólnikov se debate entre la culpa por haber matado a dos mujeres y el empeño en ocultar su crimen, Connie, el protagonista de Good time, se la pasa realizando intentos tan arriesgados como infructuosos de salvar a Nick, su hermano discapacitado, de la cárcel, cuando en realidad la única forma de ayudarlo consistiría en hacer aquello que más evita: entregarse y declararse culpable por el delito que se le imputa a Nick, ya que fue él, Connie, quien lo llevó a robar un banco. Los dos protagonistas eluden la confesión de su delito durante la mayor parte de la historia, hasta que finalmente lo admiten. 

Esta acción es propiciada por circunstancias que acorralan a los personajes: Connie es arrestado; el investigador Porfiri Petróvich descubre a Raskólnikov y lo insta a entregarse. Aun así, no deja de haber en ambos una decisión de asumirse responsables, lo que marca un quiebre respecto de su comportamiento anterior. Y es aquí donde las obras difieren, en la forma de representar ese quiebre. 

En cuanto a Crimen y castigo, la confesión de Raskólnikov, acosado por Petróvich y por el propio remordimiento, resulta convincente, pero la conversión del personaje relatada en el epílogo es, a mi entender, lo menos logrado de la novela. Siempre pensé en el final de Crimen y castigo como un atolladero: efectivamente, la trama requiere de una conclusión más paulatina y armónica tras la escueta confesión de Raskólnikov al final de la sexta parte; pero la forma en que el epílogo resuelve esto no me parece satisfactoria. El arrepentimiento y la humildad que embriagan de pronto a Raskólnikov y su consecuente redención resultan forzados. No es casual que este episodio esté enteramente relatado por un narrador omnisciente, y no aparezca la voz del personaje: resulta imposible imaginarse a esa voz febril, lúcida y contradictoria que se despliega en toda la novela contando algo tan ingenuo.  

Good time presenta otra resolución a un problema similar. Tras el arresto de Connie, su historia necesita un cierre, pero ¿cómo contarlo? ¿Cómo mostrar a ese muchacho simulador e imprudente haciéndose responsable de sus actos? Los Safdie optan por sacar al protagonista de escena y contar su desenlace en la voz de otro: el psicólogo de su hermano Nick. El terapeuta dice que “Connie hizo lo correcto. Hizo lo verdaderamente responsable”, dando a entender que el joven asumió toda la culpa por el robo y así contribuyó a la liberación de su hermano. 

La resolución de Good time me parece acertada por dos razones. En primer lugar, porque en el momento en que se hace cargo de sus acciones, el personaje mentiroso y contradictorio que protagonizó la historia deja de existir, por lo que tiene sentido que ya no se lo vea en la pantalla. También me parece oportuno que los espectadores no sepamos en quién va a convertirse Connie, si el reconocimiento de la verdad lo hará mejor, si perjudicarse en favor de su hermano lo volverá un resentido, o si la experiencia carcelaria terminará de romperlo. 

En una época en que la evasión y la banalidad abundan no solo en el arte, Good time tiene el mérito de entrarle sin remilgos a una pregunta existencial: qué hacer con la responsabilidad frente a los otros. Así, entra en diálogo con una tradición artística extensa, pero lo hace sin ser solemne ni anticuada. Por el contrario, la película sintoniza con el presente sin ser condescendiente con él; así, muestra una historia en la que asumir la propia responsabilidad ante los semejantes no conduce a la redención ni devela verdades absolutas; y, aun así, vale la pena. 



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